viernes, 8 de agosto de 2008

Terremoto en Sichuan ¿El precio de la modernización?

El pasado 12 de mayo un terremoto de 8 grados en la escala Richter sacudió el centro de China desde la provincia de Sichuan dejando oficialmente, hasta la fecha, las espeluznantes cifras de 69.197 muertos, 18.238 desaparecidos y más de cinco millones de personas sin hogar. Durante los primeros días, cuando aún las cifras eran de 10 mil muertos, alguien me dijo irónicamente, y queriendo restarle magnitud a lo ocurrido: “teniendo en cuenta que son más de 1000 millones de chinos, sólo se ha muerto un 0,001%”. Finalmente fueron 69.197 muertos, 69.197, sesenta y nueve mil ciento noventa y siete. Cada uno de esos números, cada uno, es una persona, una a una hasta sesenta y nueve mil ciento noventa y siete. Las cifras, a veces son sólo cifras, y desde la lejanía del confortable sillón de nuestras casas, a miles de kilómetros de distancia, parece necesario hacer un ejercicio de imaginación para poner cara y vida a uno de esos números que la ha perdido con el temblor de la tierra bajo sus pies, y sentirla como una víctima de la terrible catástrofe, ya que, independientemente del total de la población del país con más habitantes del mundo, su pérdida supone para alguien un inconmensurable sufrimiento.

En el proceso de duelo, afectivamente, aparece la tristeza, la frustración, la negación, el enfado o la rabia. Los rituales funerarios son una de las formas de dar comienzo a este proceso en cualquier cultura. Atendiendo a la tradición china, pasados el mes o las cinco semanas desde la muerte del ser querido se celebra una ceremonia ofreciendo la quema de incienso, de dinero de papel o de ropa, para auspiciar un buen viaje hacia el territorio de los muertos. Por ello, en la localidad de Dujiangyan, donde 8 colegios se derrumbaron, los padres de los 900 alumnos de entre 13 y 15 años que quedaron sepultados bajo los escombros de uno de ellos, el colegio Juyuan, celebraron los días 3 y 12 de junio las conmemoraciones de la muerte de sus hijos, acompañadas de demandas a los gobiernos locales de explicaciones sobre las causas del colapso tan siniestro de tales edificios. Demandas que por otro lado ya habían comenzado a la semana del terremoto, y a las que el Gobierno chino había respondido con un compromiso de investigación caso por caso sobre la posible ilegalidad en la construcción precaria de determinados edificios.

La corrupción es uno de los fenómenos más graves dentro de la esfera política china y acampa a lo largo y ancho del país. En la zona afectada por el terremoto, del condado de Beichuan, donde hay pueblos arrasados por completo y otros a más del 80%, los padres que han perdido todos sus bienes, incluso los más preciados, sus únicos hijos, sostienen que la negligencia urbanística tiene que ver con que los edificios no aguantaran el temblor. Sin embargo, ante la magnitud del terremoto, ¿habría posibilidad de que cualquier edificio, incluyendo aquellos construidos con resistencia sísimica, aguantara?


“Qi Ji, el Viceministro de Construcción, no está de acuerdo en que las escuelas se derrumbaran con mayor frecuencia que otros edificios. Admite que los estándares antisísmicos para escuelas, hospitales, comercios y edificios públicos ‘deben ser mejorados’. Esa lección se ha aprendido y todos la repiten. Pero la tesis de muchos padres desesperados es que sus hijos murieron porque las escuelas eran de mantequilla, y que lo eran porque algún canalla se metió en el bolsillo los fondos en perjuicio de la calidad. En algunos lugares excepcionales, como Juyuan, la escuela se cayó y todo lo del alrededor aguantó, lo que justifica una investigación, pero se trata de una excepción porque la norma es que se cayera todo”. (Rafael Poch, La Vanguardia, 13-07-2006).

(Ruinas del colegio Juyuan, en la localidad de Dujiangyan tras el terremoto).

El terremoto ha removido una serie de problemas latentes, como la precariedad de la construcción y la insuficiencia de la asistencia sanitaria que hacen patente la línea divisoria entre la costa desarrollada y el interior rural pobre. Asimismo, las protestas surgidas tras el terremoto y que se han afrontado desde el Gobierno con varias detenciones, entrelazan con una movilización que vienen teniendo lugar desde los años 1990, momento en el cual el auge del libre mercado y de las empresas privadas daba la mano a un proyecto de transformación urbanística basado en la construcción desorbitada. Desde entonces, miles de personas han sufrido expropiaciones y movilizaciones forzosas sin indemnizaciones o con míseras compensaciones por la cesión del espacio que habitaban en pos del proyecto modernizador de las grandes urbes: centros comerciales, hoteles y construcciones privadas. Estas demoliciones, relocalizaciones forzosas y construcciones de mala calidad han producido uno de los más graves malestares sociales de China. Como respuesta, los perjudicados encuentran distintas formas de protesta, la última de ellas en la misma Plaza de Tiananmen el pasado 4 de agosto de 2008 (“Protestas en Tiananmen por la expropiación de viviendas”, en la edición impresa de El Mundo, 5 de agosto de 2008), o bien en el formato de la “casa-clavo” (钉子户, dingzihu, en chino; nail house en inglés), una de las formas de resistencia más difundida. Un ejemplo muy sonado fue el de la “casa-clavo” del matrimonio Yu de Chongqing, cuyos inquilinos resistieron el desahucio y posterior demolición para ceder el espacio al programa de desarrollo estatal que pretendía la construcción de un centro comercial en el terreno en marzo de 2007. La resistencia de los Yu finalmente consiguió que la empresa constructora les otorgara un acuerdo económicamente aceptable por la expropiación del edificio.

(“Casa-clavo” de Chongqing).

Con la aprobación de la Ley de Propiedad Privada de 2007, el Congreso Nacional Popular reforzó los derechos teóricos de propiedad. Sin embargo, siguiendo el modelo de desarrollo urbanístico que lleva practicando el Gobierno especialmente desde los años 1990, las empresas constructoras y los gobiernos locales disfrutan de más espacio legal para jugar a las casitas, levantando edificios de dudosa calidad que dan mucho beneficio a las pocas manos poderosas mediantes. En el camino los aplastantes rascacielos van reemplazando a los hogares expropiados de miles de personas y a las formas de vida más tradicionales y comunitarias del paisaje chino, como los siheyuan pekineses o los shikumen shanghaineses.

Ahora bien, con la creciente conciencia sobre los derechos de propiedad y derechos a una vivienda digna del pueblo chino, el gran reto de China tras el terremoto será asegurar la buena gestión a nivel local de todos los recursos que movilizados (humanos, y especialmente, económicos), desarrollar un proyecto de reconstrucción y supervisión de la misma que se atenga a las directrices y reglamentaciones del Consejo de Estado para la construcción, anteponiendo el derecho a la vivienda y la seguridad del pueblo a los intereses del “libre” mercado de la construcción.

Regina Martínez Enjuto, Rojo Asia.